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Master en caña

Tan solo nos queda hacernos un tatuaje, como marca la tradición local, para zarpar de las Marquesas con todo en orden. Después de la onda tropical que pasamos en Fatu Hiva, decidimos navegar hasta Iva Hoa para llenar los tanques de diesel, la despensa y el congelador. La calidad de la comida que llega a la Polinesia es increíblemente buena, sin embargo no se puede decir lo mismo de los precios. Esta todo muy caro!

Al día siguiente navegamos apenas una hora para llegar a Tahuata, una pequeña isla al sur de Iva Hoa, donde en la parte sur, hay un par de playas con cómodos fondeos de arena. Además resulta un buen lugar para salir hacia las Tuamutu, nuestro próximo destino. Ya tenemos muchas ganas de playa. Aquí en las Marquesas ha llovido casi todos los días y las uñas de nuestros pies parecen las de un mecánico en plena faena, llenas de barro.

Pero antes de partir, toca escribir sobre nuestra propia piel y al estilo de la Polinesia, el paso del JU por la “Tierra de los Hombres”.

En seis horas Judith y yo ya teníamos los “tatus” en nuestros cuerpos. Ya estábamos dispuestos para zarpar al día siguiente. El pronóstico meteorológico para la travesía de 500 millas era perfecto: de 15 a 20 Nudos por la aleta.

Salimos a las 14h LTC para tener unas horas de sol y aclimatarnos a la navegación tranquilamente.

A las dos horas de zarpar el viento se nos puso prácticamente del Sur, o sea de morro, acompañado de continuos chubascos. Había leído alguna cosa acerca de la influencia de estas islas en la climatología local de las Marquesas, pero nunca pensé que a más de 50 millas, todavía no encontrásemos el viento favorable del que hablaba el pronóstico. Finalmente, durante el amanecer, empezó a soplar y soplar hasta llegar a los 20/25 Nudos. El JU ahora se deslizaba a 7 Nudos.

Judith y yo comentamos que era el mejor viento que habíamos podido navegar en estos mares. Los vientos contrarios y cambiantes durante la noche nos habían retrasado un poco pero a las 12h LTC ya solo nos quedaban 400 millas.

De repente oímos un fuerte golpe debajo de la bitácora, dónde se encuentran los guardines y todo el sistema del piloto automático. En un instante el velero empezó a orzar pero rápidamente me puse a la rueda y lo bajé de nuevo. Miro el “display” del piloto y parece estar funcionando bien pero si suelto la caña, el velero quiere orzar. El piloto no aguanta! Se va.

¡Judith y yo nos miramos con cara de susto!

  • ¿Has oído lo mismo que yo?- le pregunte a Judith
  • Si, ha sido fuerte- contestó
  • Ponte a la caña, voy a mirar que ha pasado- dije

Pensé que el brazo mecánico del piloto automático, después de 8 años de trabajos forzados y cruzar dos océanos, había finalizado su servicio. También pensé que tenia el recambio y que la reparación seria coser y cantar.

Entro en el agujero y…

Pues no, no estaba en lo cierto. Se rompió la pieza de acero inoxidable hecha específicamente para el JU, que conecta el eje del timón con el brazo mecánico del piloto automático. Fabricada y soldada en acero inoxidable de 5mm por un herrero del cual NO quiero acordarme… Imposible de arreglar en alta mar.

Casi siempre, hay solución alternativa o posibilidad de arreglar los múltiples problemas que surgen durante la navegación, y la reacción lógica es ponerse a pensar, a buscar los materiales necesarios para la reparación y repararlo lo mejor que se sepas. Pero ahora era diferente… no hay solución posible.

Mi reacción también fue diferente. Si no hay solución, tampoco vale la pena preocuparse demasiado en arreglar nada. Lo que hace falta es seguir navegando las 400 millas que nos quedan hasta las Islas Tuamutu a mano. No perdí ni un segundo en enfadarme. No serviría de nada. Salí del agujero y le dije a Judith – No hay arreglo posible ahora mismo. Nos toca hacer un Master en caña. Mi marinera me miro en plan…. EEEHHHH¡!! -Si, si, Master en caña. ¡Hay que navegar a mano!- dije sin darle mucha importancia. Habíamos oído historias de capitanes que rompían el piloto y de cómo se las apañaban, pero nunca pensamos que nos tocaría a nosotros. Además yo siempre tiro de piloto automático… no se cansa, no pide, no come ni va al baño…Lo hace mejor que yo!!!

Judith reaccionó muy bien y estando en la rueda me dijo:

-Vale ya me quedo a la caña. Intentaré hacer tres horas seguidas. Tu ves preparando todo lo necesario para la noche y lo que haga falta- me dijo tranquilamente.

Cuanto la quiero. Como siempre, se crece ante las adversidades. A todo esto el cielo se había ido despejando y el viento establecido entre 25/30 nudos. Me tocaba ponerme a la caña. Judith estaba agotada y debía descansar, pero Aleix exigía la cena así que nada de tumbarse.

 

 

Íbamos con toda la mayor, y el génova lo rizábamos cuando subía el viento y por la noche. Finalmente Judith y Aleix se acostaron. Yo me había propuesto hacer 4 horas seguidas y a las dos horas me pillo la noche. Que incómodo el tacto del acero en las manos. Pienso en ponerme los guantes pero no puedo dejar la caña ni un segundo y no quiero despertar a Judith. El viento ha rolado unos 15º hacia el través y la caña va muy dura, pero tampoco puedo ajustar las velas para navegar más cómodo siguiendo este rumbo. Los ojos me arden, especialmente el rabillo del ojo izquierdo, por donde entra el viento. Se me seca, y al parpadear parece como si pasara un papel de lija. Intento taparme todo lo que puedo con la capucha. Lo bueno es cambiar de posición, un rato de pie, otro sentado de lado, del otro lado, sentado de frente, subo las piernas y… que bien, el viento ha bajado a 20kts, me relajo.….. Uffff, casi me duermo!!! Me pongo de pie y me fumo un cigarrillo liado que ya me había preparado antes de empezar mi guardia… me despejo. Miro a mi alrededor. Pienso; que bonita esta la noche; que buena luna que tengo! Me permite relajar la vista pues no tengo que mirar el compas. Puedo mirar el mar y orientar mi rumbo a través de la estela lunar. Se refleja en el mar agitado, cual rio de plata, sin fin. ¡Es una visión!… Es el camino que nos guía hacia nuestro destino, sin remedio. Esta todo muy precioso.

El JU sigue surcando las olas dulcemente y a buen ritmo. Estoy agotado y tan solo estamos al principio. Durante los siguientes dos días fueron cayendo las millas. Yo hacia más horas de rueda, pero Judith lo compensaba preparando comida y atendiendo a Aleix que siempre pide atención. Cuando terminábamos una guardia nuestro grumete nos pedía jugar y así lo hacíamos; a dragones, a coches o simplemente guerra de cosquillas! Después ir al baño, comer algo, ajustar velas, mirar si ha llegado algún mensaje satélite de meteorología, mirar la posición en el ordenador e intentar calcular la hora de llegada… y….Se me fue el tiempo! Solo me queda una hora para descansar antes de entrar de guardia! Durante la travesía cambiamos ligeramente nuestro rumbo para llegar a un Atolón que quedara más en ruta hacia Tahití. No sabíamos si podríamos reparar la pieza rota en las Tuamotus o deberíamos seguir a mano hasta Papeete. La elección final fue Kauehi porque era un atolón pequeño, de apenas 6 millas de diámetro. Poco popular entre los navegantes, y cerca de Fakarava (Reserva mundial de la biosfera UNESCO), lugar de paso obligado. Además tenia una única entrada y justo a sotavento.

Debíamos llegar a “la passe”, como llaman aquí al canal de entrada y salida de los atolones, entre las 11h am y las 12 pm y así lo hicimos. Tiene que coincidir con una marea alta o marea baja. Las corrientes en las entradas son muy fuertes durante las subidas y bajadas de marea. El oleaje y remolinos que provocan pueden ser peligrosos. Los datos de marea mas cercanos que se reciben a través del GPS corresponden a Papeete, la capital de Tahití. La diferencia en millas es de 300 aprox. Esto significa que hay que aplicar una corrección sobre la lectura que nos da el GPS. Hay varias maneras de hacerlo, pero en mi caso fue utilizando una tabla hecha por los propios pescadores de las islas que consegui en Marquesas. Navegamos las 400 millas más trabajadas hasta ahora en el JU. Tres días justos. Las velas que había reparado a mano en el fondeadero de Fatu Hiva aguantaron perfectamente.

Ya dentro del Atolón, navegando suavemente y sin oleaje, más de una lagrima fue arrancada de nuestros cansados rostros por los vientos alisios, que nos acompañaron firmes, durante toda la singladura. La travesía había sido dura, muy dura, pero enormemente gratificante. A pesar de las muchas horas de sueño robadas, nos sentíamos con energía renovada, la energía de una nueva y excitante experiencia. Felices.

Una hora más tarde anclamos delante de un bonito pueblo llamado Tearavero, la capital de este atolón, Kauehi. Preparamos comida en abundancia, cenamos mirando una película apta para todos los públicos y a las siete de la tarde nos quedamos los tres totalmente dormidos.

Once horas más tarde despertamos en uno de los lugares más hermosos que nunca habíamos visto.

Todo esfuerzo tiene su recompensa!

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